Cuatro años más de misoginia descontrolada
En un segundo mandato de Trump, las mujeres volverían a ser sus blancos de ataque.

No creo que Donald Trump odie a las mujeres, por extraño que pueda parecer decir esto del único presidente estadounidense declarado legalmente responsable de abuso sexual, el único líder del mundo libre acusado de ofrecer una oportunidad de televisión a una actriz porno aparentemente como incitación al sexo y el único comandante en jefe que ha denigrado públicamente el atractivo sexual tanto de Heidi Klum (“ya no es un 10”) como de Angelina Jolie (“no es una gran belleza”). Al menos no creo que las odie instintivamente. “Cuando se trata de mujeres que satisfacen sus deseos con diligencia y con amor”, escribió la filósofa Kate Manne en su libro de 2017, Down Girl, “¿qué hay que odiar?”
La misoginia que Trump encarna y defiende tiene menos que ver con el odio que con la imposición: subraya su exigencia de que las mujeres luzcan y se comporten de cierta manera, que cumplamos con sus deseos y nos sometamos a nuestra función social requerida. Las más de 25 mujeres que han acusado a Trump de agresión sexual o mala conducta (que él ha negado), y las innumerables más que han soportado el vitriolo público y las amenazas a sus vidas después de haber sido atacadas por él, han sido castigadas por desafiarlo o por negarle lo que fundamentalmente creía que le correspondía.
A nivel micro, la misoginia de Trump puede ser casi cómica, en un sentido absurdo, como cuando en 1994 se preocupaba por si su nueva hija heredaría los senos de su madre, o cuando le tuiteó a Cher en 2012: “Prometo no hablar de tus cirugías plásticas masivas que no funcionaron”. A mayor escala, los cambios legislativos y culturales que impulsó durante sus cuatro años en la Casa Blanca son tan drásticos que resultan difíciles de analizar en su totalidad. Hasta 2022, las mujeres y personas embarazadas tenían el derecho constitucional al aborto; ahora, gracias a la reestructurada Corte Suprema de Trump, el aborto no está disponible o está efectivamente prohibido en aproximadamente un tercio de los estados. El Partido Republicano MAGA es cada vez más un club de chicos: los 14 representantes que anunciaron candidaturas para convertirse en presidente de la Cámara de Representantes tras el derrocamiento de Kevin McCarthy eran todos hombres; el vencedor, Mike Johnson, ha culpado a Roe v. Wade en el pasado de privar al país de “trabajadores sanos” que pudiesen apoyar la economía estadounidense. Tanto en internet como fuera de ella, sexistas anticuados y provocadores trolls se han visto envalentonados por la capacidad de Trump de decir cosas grotescas sin consecuencias.
El júbilo de Trump al abofetear a las mujeres se ha filtrado en todos los aspectos de nuestra cultura. Si, como escribió el crítico literario Lionel Trilling, “la ideología no se adquiere con el pensamiento sino respirando el aire embrujado”, entonces Trump ha ayudado a radicalizar a franjas de una generación esencialmente a través de vapores venenosos. Él no creó la manosfera, el fétido rincón de internet dedicado a enviar a las mujeres de regreso a la Edad de Piedra. Pero elevó algunas de sus voces más nocivas a la corriente principal y reivindicó sus peores prejuicios. “Estoy exultante porque ahora tenemos un presidente que califica a las mujeres en una escala del 1 al 10 de la misma manera que lo hacemos nosotros”, escribió el exautodenominado “artista del ligue” Roosh V en su sitio web, poco después de las elecciones.
A estas alturas, la misoginia se ha extendido a prácticamente todos los rincones de la internet. Los clips de TikTok en los que aparece Andrew Tate —el influencer misógino y acusado de ser violador y traficante de personas que ha dicho que las mujeres deberían asumir cierta responsabilidad personal por sus agresiones sexuales y con frecuencia se burla de las mujeres llamándolas “zorras”— han sido vistos miles de millones de veces. (Tate ha negado las acusaciones en su contra). En 2021, antes de que Elon Musk comprara Twitter y supervisara un aumento en el contenido misógino y abusivo de la página (sin mencionar el restablecimiento de las cuentas de Trump y Tate), el empresario de Tesla e ícono de los derechos de los hombres tuiteó que iba a inaugurar una nueva universidad llamada Instituto de Tecnología y Ciencia de Texas (en inglés, TITS). Los niños en las redes sociales se ven inundados con mensajes de que las únicas cualidades que vale la pena valorar en las mujeres son la deseabilidad y la sumisión sexual, una visión del mundo que se alinea perfectamente con la de Trump. La misoginia, como escribió mi colega Franklin Foer en Slate en 2016, es la única ideología que Trump nunca ha cambiado, su único credo inquebrantable. Buscar dominar a los demás con su supuesta destreza sexual y profesar en voz alta su disgusto hacia las mujeres que no desea ha sido su modus operandi durante décadas. Cualquier mujer que lo desafíe es “un cerdo grande y gordo”, “un perro”, una “cara de caballo”.
¿Qué significarían cuatro años más de Trump para las mujeres? Es difícil concluir que Trump fue moderado por la presencia de su hija en el ala oeste, o, en realidad, por cualquiera de los asesores que pensaron que podían moderar sus peores instintos antes de que terminaran huyendo en masa. Pero lo más escalofriante de una posible segunda presidencia de Trump es que ciertamente ya estaría fuera de control. Los asesores que quedan son los que refuerzan sus impulsos más oscuros. Como informó Mike Allen de Axios, fue Jason Miller, el asesor de Trump, quien lo animó entre segmentos de su entrevista con CNN en 2023, mientras se volvía cada vez más agresivo con la moderadora, Kaitlan Collins. “¿Estás lista? ¿Puedo hablar? ¿Te importa?” Trump se burló de ella. Cualquiera que haya sido testigo de una relación abusiva podría reconocer instantáneamente ese tono.