Fotografía en blanco y negro del presidente egipcio, el rey de Arabia Saudita, Melania Trump y Donald Trump posando con las manos sobre un globo iluminado.
Trump produce conmoción, diversión, indignación y absurdeces con una eficiencia industrial. (Andar Algaloud / Consejo Real Saudita / Agencia Anadolu / Getty)

La verdad no importará

Si es reelegido, Donald Trump volverá a generar absurdeces e indignación con la eficiencia de una fábrica.

Nota del editor: Este artículo es parte de “Si Trump gana”, un proyecto del número de enero/febrero de 2024 de The Atlantic que considera lo que Donald Trump podría hacer si fuera reelegido en noviembre. El proyecto ha sido traducido del inglés. Lee el artículo original aquí.

“Tengo un instinto”, anunció Donald Trump en 2018, “y a veces mi instinto me dice más de lo que el cerebro de cualquier otra persona puede decirme”. El instinto del presidente continuaría informándole que el cambio climático es propaganda partidista, que el COVID-19 podría curarse mediante la inyección de lejía, que cualquier elección que no produzca una victoria de Trump debe estar manipulada. Trump confió instintivamente que la nación entraría en crisis política. Su primer mandato enfatizó la fragilidad de la democracia estadounidense. Un segundo mandato amenazaría los cimientos de esa democracia: la voluntad del público de aceptar que la realidad es un recurso compartido.

Los hechos requieren trabajo. Requieren estudio, requieren curiosidad, requieren paciencia, requieren humildad. La democracia requiere lo mismo. Las demandas de ambos se vuelven mayores en un ambiente de información repleto de historias cada vez más sospechosas, un lugar donde la verdad tiene negaciones plausibles. Trump sugiere que él aliviará la carga: puedes subcontratar tu mente a sus instintos. Sería una tontería no hacerlo. La ciencia te miente. Hollywood te miente. Los medios te mienten. Los libros te mienten. Las cortes te mienten. Los profesores te mienten. Otras personas te mienten. La democracia te miente. Lo único en lo que puedes confiar, en este mundo vertiginoso, es en el mentiroso empedernido que nunca te mentiría.

Un buen vendedor identifica un problema y vende una solución. Uno grande crea el problema por resolver. Trump, después de haber vivido su vida como un anuncio publicitario interminable, ha dominado el arte de crear problemas. Produce conmoción, diversión, indignación y absurdeces con la eficiencia de una fábrica. Hace que el mundo parezca difícil. Y luego se ofrece como la persona que hará que los Estados Unidos vuelva a ser fácil.

Así es como ha podido transformar las mentiras de vulnerabilidades en argumentos que vende. Las falsedades no sólo tergiversan la verdad. La destruyen. Los especialistas de mercadeo hablan el lenguaje del deseo y Trump ha llevado ese lenguaje a su movimiento político. Se ha beneficiado y ampliado el trabajo realizado por los medios de comunicación partidistas que hablan de narrativas más que de verdades. Cada historia que inventa Trump, cada afirmación descabellada, libre del pesado peso de la precisión, también sirve como permiso: tú también puedes intuir tus hechos. La verdad pasa a ser un estilo de vida: hay muchas historias para elegir y todo lo que el consumidor debe hacer es seleccionar las que más le convengan. Cuando la atención es tu moneda, la diferencia entre lo verdadero y lo falso importa mucho menos que la diferencia entre lo convincente y lo aburrido.

Estos problemas son a la vez muy antiguos y muy nuevos. Los Fundadores temían, por encima de todo, la idea de que un demagogo ascendiera al poder en su nuevo país, jugando con las pasiones y haciendo que la racionalidad pareciera fuera de lugar. Entendieron el poder de mercado de los sentimientos desenfrenados. El estilo emocional de la política estadounidense actual no amplía la imaginación política de la gente; en cambio, la limita. Excluye la empatía en lugar de inspirarla. Quizás no sepas lo que se siente ser indocumentada o estar sin vivienda o tener 14 años y ser obligada a llevar un embarazo a término; sin embargo, la democracia (y la decencia básica) exige que imagines el sentimiento. Trump, por el contrario, te absuelve de la necesidad de intentarlo. Sus votantes son sus clientes. Y el cliente siempre tiene la razón.

“Estamos divididos”, observó una vez Stephen Colbert, “entre quienes piensan con la cabeza y quienes saben con el corazón”. Dijo esto en 2005, como el personaje que interpretó en su programa de televisión en ese momento: un bufón que gritaba para ganar relevancia política. En aquel entonces, esa frase todavía era una broma. Desde hace mucho tiempo, los políticos han arremetido directamente contra los sentimientos de los votantes. Pero Trump hace mucho más que apelar a las emociones. Insiste en que, en política, lo único que hay es emoción. Interpreta la libertad como estar libre de hechos. Más de un año después de que Trump perdiera las elecciones de 2020, se le preguntó a uno de sus votantes por qué seguía dudando de la derrota. Su respuesta: “No olía bien”.