Fotografía en blanco y negro de una multitud que protesta con los puños en alto y un cartel que dice, “DESFINANCIAR LA POLICÍA”.
La izquierda adoptó consignas que alienaron al centro. (John Minchillo / AP)

La izquierda no puede darse el lujo de enloquecerse

Un segundo mandato de Trump requeriría una oposición que se centrara en sus abusos de poder y buscara conversos en lugar de cazar herejes.

Nota del editor: Este artículo es parte de “Si Trump gana”, un proyecto del número de enero/febrero de 2024 de The Atlantic que considera lo que Donald Trump podría hacer si fuera reelegido en noviembre. El proyecto ha sido traducido del inglés. Lee el artículo original aquí.

Los años de Trump tuvieron un efecto radicalizador en la derecha estadounidense. Pero, seamos honestos, también llevaron a muchos de la izquierda completamente al límite. Algunos liberales, particularmente los blancos de clase media alta, se rieron a carcajadas porque otras personas no podían ver lo que era obvio para ellos: que Trump era un mal candidato y un presidente aún peor.

Al principio, los liberales probaron tácticas establecidas como las protestas sentadas y los desafíos legales; abogados y activistas se manifestaron para protestar contra la prohibición de viajar a musulmanes impuesta por la administración y las cortes bloquearon con éxito sus primeras versiones. Sin embargo, pronto el gran volumen de indignaciones abrumó a los críticos de Trump y la autodenominada resistencia se instaló en un patrón de indignación de alto dramatismo y bajo impacto.

En lugar de centrarse en cómo oponerse a las políticas de Trump, o cómo exponer la vacuidad de sus promesas, la resistencia simplemente deseaba que Trump desapareciera. Muchos en la izquierda insistieron en que no era un presidente legítimo y que sólo estaba en la Casa Blanca debido a la interferencia rusa. Las redes sociales empeoraron todo, como siempre; la resistencia se convirtió en la #Resistencia. En lugar de concentrarse en el arduo trabajo de tocar puertas y participar en activismo comunitario, sus miembros tuitearon al coro, sin hacer distinción entre los comentarios disparatados de Trump y sus graves transgresiones. Fantaseaban con un deus ex machina (su juicio político, la Vigésimaquinta Enmienda, el“videoclip de orina”, las tomas descartadas de The Apprentice) que llevaría a la destitución de Trump de su cargo y se frustraban cada vez más a medida que cada ciclo sucesivo de noticias no lograba que sus seguidores dejaran de apoyarlo. El otro lado se dio cuenta de esta tendencia y acuñó una frase para resumirla: “hombre naranja malo” (en inglés, “Orange Man Bad”).

La presidencia de Trump fue un fracaso de las élites de derecha; el Partido Republicano subestimó su atractivo para los votantes descontentos y no logró encontrar un candidato que pudiera derrotarlo en las primarias. Una vez que asumió la presidencia, el establishment del partido se contentó con quejarse en privado y humillarse en público. Pero los años de Trump también demostraron un fracaso de la izquierda. Trump creó una enorme reserva de energía política, pero esa energía con demasiada frecuencia estaba mal dirigida. Muchos liberales se encerraron en sí mismos y se consolaron con los rituales de autoayuda y purificación. Tendrían que compartir un país con personas que votaron por el “hombre naranja”, pero podrían purgar sus cuentas de Facebook, sus círculos de amistad y tal vez incluso sus lugares de trabajo de conservadores, contrarios y aquellos que no fueran lo suficientemente progresistas. Sintiéndose bajo una intensa amenaza, querían que todos eligieran un bando en cuestiones como quitar los nombres de los Padres Fundadores de los edificios escolares y dar bloqueadores de la pubertad a los menores, e insistieron en que la ambivalencia no era una opción. (Tampoco lo fue quedarse fuera de un debate, porque “el silencio es violencia”). Cualquier desviación del consenso progresista fue vista como una falla moral más que como una diferencia política.

Los cataclismos de 2020 (la pandemia y el asesinato de George Floyd) podrían haber sacado a la izquierda de su ensueño. En cambio, los resistentes enterraron sus cabezas más profundamente en la arena. Los expertos en salud insistieron en que cualquiera que violara las reglas de distanciamiento social sería egoísta, antes de decidir que asistir a las protestas (al menos por las causas que apoyaban) era más importante que observar las restricciones de COVID. El verano de 2020 convirtió en un éxito de ventas el libro de una mujer blanca sobre la “fragilidad blanca”, pero las negociaciones en torno a un proyecto de ley integral de reforma policial colapsaron al año siguiente. Mientras los jueces conservadores de la Corte Suprema sentaban las bases para la derogación de Roe v. Wade, las organizaciones activistas se obsesionaron con purificar su lenguaje. (Para 2021, la ACLU estaba tan perdida que reescribió una famosa cita de Ruth Bader Ginsburg sobre el aborto para eliminar la palabra mujer). Desmoralizada y desorganizada, después de haber perdido la esperanza de cambiar la opinión de los partidarios de Trump, la izquierda flexionó sus músculos en los pocos espacios en los que ostentaba el poder: los medios liberales, los libros y el mundo académico.

Si se intentaba criticar estas tendencias, la respuesta era simple: ¿por qué no concentrarse en Trump? La respuesta, por supuesto, era que un mal gobierno exige una oposición fuerte, una que busque conversos en lugar de cazar herejes. Muchos de los políticos demócratas más interesantes que surgieron durante este tiempo —la veterana de la CIA Abigail Spanberger en Virginia, el pastor bautista Raphael Warnock en Georgia, la gobernadora de Michigan, Gretchen Whitmer, que prometió “arreglar las malditas carreteras”— fueron personas pragmáticas que convirtieron los territorios rojos en azules. En lo que respecta a las elecciones de 2020, los demócratas finalmente nominaron al candidato moderado con más probabilidades de derrotar a Trump.

Sin embargo, no era seguro que Joe Biden prevaleciera como candidato del partido. Derrotó a sus rivales más progresistas por la nominación demócrata sólo después de lograr una remontada en las primarias de Carolina del Sur. Estaba 44 puntos por delante de su rival más cercano, Bernie Sanders, entre los votantes negros del estado, según una encuesta a pie de urna. Eso no es una coincidencia. Estos votantes reconocieron que tenían mucho más que ganar con un candidato como Biden, que hablaba regularmente de trabajar con los republicanos, que con el ala activista del partido. Como dijo Biden en agosto de 2020, en respuesta a los disturbios civiles en las ciudades estadounidenses: “¿Parezco un socialista radical con una debilidad por los alborotadores?”

Biden es mayor ahora y una segunda victoria está lejos de estar asegurada. Si pierde, los desafíos a las normas democráticas estadounidenses serán enormes. El deterioro de Twitter podría impedir la capacidad de Trump para secuestrar el ciclo de noticias con tanta eficacia como la última vez, pero sólo estará más comprometido a enriquecerse y buscar venganza. Espero que la izquierda haya aprendido la lección y mire hacia afuera en lugar de hacia adentro: la batalla no es por el control de la estrategia publicitaria de Bud Light, o por quién aparece publicado en The New York Times, sino contra la manipulación y la interferencia electoral, contra las mujeres que son encarcelados por abortar, contra los estadounidenses transgénero que pierden el acceso a la atención médica, contra los abusadores domésticos que pueden comprar armas, contra la violencia policial que queda impune, contra el empoderamiento de los nacionalistas blancos y contra la prohibición de libros.

El camino de regreso a la cordura en los Estados Unidos pasa por la persuasión: defender la libertad de expresión y el estado de derecho, oponerse clara y tranquilamente a los abusos de poder de Trump y ofrecer una alternativa atractiva. La izquierda no puede darse el lujo de volverse loca en el momento exacto en que los Estados Unidos más la necesita.